Todos le damos una importancia al
sexo, hay casos en los que unos les dan poca y en otros casos la importancia es
infinita y entre medio grados y grados pero, realmente le damos importancia al
recuerdo que quedará el resto de nuestra vida o simplemente, deseamos de forma
eufórica saber que se siente como normalmente suele ocurrir… Deberíamos pensar
un poco más en estas cuestiones antes de dar el paso, no hablo de si nos
sentiremos satisfechos por el resultado, hablo de sentimientos, de una parte de
la inmaculada inocencia que perderemos, de ese recuerdo, que con el tiempo
diremos si realmente fue como esperábamos, de si la persona era la indicada, si
queríamos algo diferente, si hubo esa magia que creíamos y era cierta, creo que
se le da mucha importancia a qué será, más que a cómo quisiera que fuera.
En aquellos
años en los que creía que mi vida estaba cargada de completas obligaciones con
los estudios, no comprendí hasta ya avanzada edad que las verdaderas
obligaciones eran las que tenían mis padres, ilusamente pensé que yo y mis
hermanos éramos los que teníamos la peor vida del mundo, por sacar las buenas
notas que tanto nos insistían mis padres, para tener un buen futuro nos decían.
Lo mejor de
sacar aquellas buenas notas era las vacaciones en la playa, donde no teníamos
que hacer prácticamente nada, más que aquello que quisiéramos hacer, salir con
los amigos, divertirnos, llegar más tarde a casa de la hora habitual que nos
tenían acostumbrados. Aquellas tardes con los amigos que terminaban en noche
oscura. Entre ellos estaba Connor, un amigo desde la niñez.
Desde
siempre me había gustado Connor, con su pelo color de oro, sus ojos azules, su
piel poco bronceada, sus músculos definidos, pero lo que me hacia suspirar era
su enorme y perfecta sonrisa capaz de iluminar y dar color, a cualquier sitio a
donde fuera. Hacía que me sonrojara cada vez que sonreía aunque no estuviera
muy cerca de mí.
Estando una
de las veces en la playa todos alrededor, Connor se sentó a mi lado, fue
impresionante estar tan cerca de él. Cuando llegue a casa de esa misma noche y
tumbado en la cama, mientras mis hermanos dormían, yo me imaginaba a Connor y a
mi solos en aquella hoguera, tumbados en la arena, acariciando mi cabellos
mientras miraba mis ojos y yo, podía ver la hoguera reflejada en los suyos.
Allí en mi cabeza tenía los momentos más perfectos que podía soñar, siempre con
Connor.
Así todas
las noches desde que llegaba a casa, sentía deseos locos de que todos
estuvieran durmiendo ya, para yo poder evadirme de la vida real y, empezar a
tener mis irrealidades con Connor. Aquellas miradas cruzadas de casualidad, en
mis sueños eran miradas clamando el que estuviera cada vez más cerca de él,
aquellas palabras de conversación con los amigos, eran palabras de amor que
solo a mí me dirigía. Solo deseaba poder besar sus, gruesos, carnosos y
sonrosados labios y probar de ellos la miel, la esencia de lo que estaban
hechos, me excitaba muchísimo pensar en sus besos, en que me podría pasar la
vida besando su boca y sentir sus manos alrededor de mí.
Una
de las noches no me encontraba bien y fui al baño de un bar que estaba en la
playa. Cuando llegué al lavabo abrí el grifo y con las dos manos cogí agua
vertiéndola por toda mi cara, estaba mareado, había bebido un poco más de la
cuenta, me fijé porque me veía reflejado en el espejo del baño, volví a coger
más agua y me la eché por la cabeza, mi pelo quedó mojado y el agua caía
mojando la camiseta sin mangas que llevaba. Quedé allí apoyado con las manos en
el lavabo y mirándome al pequeño espejo del baño, queriendo que se me pasara un
poco el mareo para volver a la playa. ¡De repente! La puerta del baño se abrió
y di un pequeño sobresalto por el susto, era Connor abriendo, cerrando la puerta
se puso en frente de mí, se acercó muy lentamente hasta estar totalmente pegado
a mí, me cogió de los hombros, su nariz estaba casi justo pegada a la mía y
pensé que esta vez no tenía que llegar a casa para poder disfrutar de ese
sueño, esa irrealidad, esta vez era real, me quitó de la puerta que daba al wc
poniéndome contra los azulejos blancos de la pared, sintiéndolos fríos contra
mi espalda. Pensé que iba a besarme al acercarse tanto, así que cerré los ojos,
dejándome llevar por su actitud dominante, para aceptar sus labios en los míos,
cuando sentí que sus manos ya no estaban
puestas en mis hombros y la puerta del wc se cerró. Estaba pegado a la pared
frente al espejo y podía verme la cara, de tonto y borracho que se me quedó al
pensar que lo que quería, era besarme, en vez de apartarme para poder entrar al
cuarto del inodoro.
No tardó mucho en salir yo allí de
pié estaba pensando en lo imbécil que era, pero al salir paso por delante de mí
de frente a mí mirándome muy fijamente y, muy lentamente, apretó su cuerpo al
mío como si no hubiera espacio para pasar entre el lavabo y yo, me qué
perplejo, con los ojos muy abiertos, pero pensaba, que era otra vez como antes,
solo quería pasar. Al salir cerró la puerta sin dejar de mirarme y una vez ya
cerrado me fui otra vez hasta el grifo y me eche más agua sobre mi cabeza, ¡No!
Me repetía una y otra vez, esto no podía estar pasando pero, si había espacio
suficiente entre el lavabo y yo, para no tener que pasar tan pegado a mí, por
qué lo hizo.
Cuanto más barajaba la posibilidad de
que era cierto aquel restregón apropósito contra mí, más agua me echaba sobre
la cabeza y así por lo menos poder pensar con algo mas de claridad sin la
obsesión típica del alcohol recorriéndome por las venas.
Al llegar a
casa no pude dejar de pensar en Connor de una forma frenética, en lo que
ocurrió, aunque en todo el resto de la noche, no hubo una sutil mirada hacia
mí, pero lo que si sabía que lo que ocurrió en el baño era real, no fue mi
imaginación, ¡Ufff! Lo peor de todo era que quería una segunda opinión para poderme
quedar tranquilo sobre lo sucedido, pero no poder hacerlo, me consumía, de sólo
pensar que a Connor le gustaba yo, me llevaba al borde de la locura, la
excitación emocional, me hacía estar en una nube todo el tiempo, y así me dormí
aquella noche, teniendo a Connor contra mí, sintiendo su cuerpo pegado al mío.
A la mañana
siguiente desperté como nunca, feliz y sin dudarlo quité la manta sobre mi y de
un salto baje de la cama directo a la ducha. Mis padres estaban completamente
asombrados sentados en la mesa de la cocina,
de las radiaciones de felicidad que emanaban de mi cuerpo, como ondas
radiofónicas salidas de una antena, durante todo el desayuno.
Al medio
día, después del almuerzo mis hermanos y yo bajamos a la playa, mi madre no nos
quería dejar ir, preocupada por si nos metíamos en el agua sin haber hecho la
digestión, así que le prometimos que no nos meteríamos. Al llegar y tocar la
arena con los pies, miré al cielo y cerré mis ojos, extendiendo mis brazos como
ave que levanta las alas para comenzar a volar, sentí una extraña sensación de
libertad y felicidad que no había sentido hasta ese justo momento, fueron unos
segundos solamente pero, en esos segundos del día fueron los únicos en los que
no pensaba ni ansiaba, en reencontrarme con Connor desde que me levanté, duró
muy poco y aún todavía la recuerdo, es indescriptible, cada vez que me acuerdo
produce una pequeña sonrisa en mi rostro.
Por la noche
después de cenar teníamos pensado en volver a bajar a la playa como habíamos
quedado el día anterior, pero un inesperado tono repetido del teléfono antes de
cenar, nos dijo que no fuéramos a la playa, que nos esperarían en el
embarcadero.
Al
llegar mis ojos corrían por cada rincón del embarcadero en busca de Connor.
Allí estaba, sentado sobre un tronco de madera, llevaba unos pantalones cortos
por encima de la rodilla y estaba con el torso desnudo, sombreando cada curva
de su definido abdomen por la claridad
reflejada de la luna en las aguas del embarcadero sobre su cuerpo. Al vernos se
levantó del tronco donde estaba sentado y vino hasta nosotros invitándonos a ir
hasta la hoguera que había hecho para encenderla. -Ven ayúdame- Me dijo. –Pon
papeles por debajo que yo la enciendo con las cerillas. Puse el papel de
periódico como me había dicho y Connor encendió la hoguera, ¡Uff! Ahora si que
se reflejaba bien aquel cuerpo con la claridad de la llamas de la hoguera,
estaba muy sexy, se sentó junto a mí y lo noté bastante atento conmigo. De
costumbre normalmente hacía como si no existiera, con quien se llevaba bien era
con mi hermano Patrik, no quise pensar en el por qué de aquel trato especial,
solo quise disfrutar de aquella noche lo máximo posible y podríamos decir que
me dejé llevar de la forma más normal que sabía, sin pensar en el después, solo
en cada momento actual.
¡Que noche!
Disfruté tanto que aún recuerdo de cómo era aquella claridad de la hoguera en
la cara de todos los que estábamos allí, como en cámara lenta, unos se contaban
secretos al oído, otros hacían payasadas sobre la arena frente al fuego
mientras los demás reían cayendo de espalda al suelo de las risas, múltiples
carcajadas salían de mi boca viendo todo aquello, Connor al reírse se venía
contra mí tocándome, con las manos o con la cabeza, jugaba conmigo, ¡Que noche!
Todavía en alguna ocasión mis hermanos y yo recordamos aquel verano como el
mejor de todos los veranos que pasamos allí.
Al terminar
Connor se quedó solo recogiendo, no quiso que ninguno nos quedáramos a ayudarle
pero, al salir del embarcadero, le dije a mis hermanos que ayudaría a Connor a
recoger, era la última noche de aquel verano allí y a la mañana siguiente
volveríamos a casa, era la oportunidad que tenía de quedarme con a solas con
Connor y por lo menos estar más tiempo con él, me dijeron que no tardara mucho,
que era muy tarde, ví en mi hermano Patrik una extraña mirada al decirme que no
tardara mucho, pero no le presté importancia, solo pensaba en pasar más tiempo
con Connor. Di media vuelta y fui directo a él.
Cuando
llegué estaba agachado recogiendo unos vasos de la arena, al verme se medio
levantó y sin decirle nada, empecé a recoger yo también los vasos y papeles que
estaban medio hundidos en la arena, no tardó en pedirme ayuda para cargar el
cubo de basura ya lleno por lo que habíamos recogido, Connor lo cogió por un
extremo y yo por el otro y lo llevamos hasta un pequeño cobertizo al lado del
embarcadero. Dejé caer el cubo en el suelo con fuerza, pesaba mucho para mí,
cayéndose la tapa. En un acto reflejo, los dos fuimos a recoger la tapa del
suelo, yo fui un poco más rápido que él agarrándola por el asa, Connor un poco
mas lento agarró mi mano que sujetaba el asa, nos miramos, una mirada tímida
por mi parte, una mirada penetrante por la suya y sin dudarlo le besé, un beso
rápido, fugaz, toqué sus labios y rápidamente los quité. Ni yo sabía lo que
había hecho, me arrepentía incluso, solté el asa de mi mano para irme corriendo
de allí, pero no pude, el no soltaba mi mano, pero su cara se acercaba cada vez
más a la mía, despacio, muy despacio acercó sus labios a los míos, no cerré los
ojos hasta que sus labios estuvieron muy junto a los míos, me agarró por los
hombros sin dejar de besarme y, una vez ya de pié, metió sus manos dentro de mi
camiseta tocando con una mano mi espalda y con la otra mi torso, yo por el
contrario lo tenía agarrado por el cuello con mis manos, no quería que me
dejara de besar. Su lengua recorría cada parte de mi boca una y otra vez, luego
paso a mi cuello, besándolo y mordiéndolo, soplando cada parte por la que su
lengua dejaba un rastro húmedo, el éxtasis recorría mi cuerpo entre aquel
contraste entre el calor de su lengua y el frío de sus pequeños soplidos, creí
estremecer pero, siguió hasta mi oreja recorriéndola de fuera hasta dentro en
una espiral, cuando la punta de su lengua terminó dentro de mi oreja, jadeé
tanto, sentía como un orgasmo continuo, uno detrás de otro, Connor sabía que me
estaba gustando por mis alaridos de placer, no paró de meter su lengua en mi
oreja y rozarla con sus labios, se notaba que no era la primera vez que lo
hacía, me levantó por la cintura y me sentó en una mesa no muy alta que había
en el cobertizo, allí no paró de besarme y frotar su cuerpo contra el mío, yo
no dejaba de apretar con mis manos su espalda contra mí, deseaba tanto ese momento
y ahí estaba, me dejaba llevar como agua por un río. Quitó con sus manos mi
camiseta y yo la suya, recorrí con mis manos cada palmo de su suave y lampiño
torso musculado, se notaba que él no se conformaba solo con suaves toqueteos de
adolescente, me tumbo y comenzó a chupar y lamer mis pezones, luego a darle
pequeñas mordidas justas haciendo que se pusieran duros como piedras. Bajó muy
cuidadosamente con su boca hasta mi ombligo, mientras sus manos bajaban por mi
cintura llevándose consigo el pantalón, dejándome completamente al desnudo, yo
no podía dejar de experimentar una serie de sensaciones completamente nuevas y
excitantes, me tenía el corazón a mil por hora, la adrenalina recorriendo mis
venas, un éxtasis continuo, cuando la puerta del cobertizo se abrió con el
chirrido de la madera ya vieja y dando un estruendo portazo en la pared, ¡Era
mi hermano! Connor se apartó de mí y yo bajé de la mesa para subirme
rápidamente los pantalones. Durante todo el camino mi cabeza permaneció
cabizbaja y mi hermano no medió palabra conmigo, se acostó y nunca dijo a mis
padres lo que había visto en aquel cobertizo.
Al día
siguiente en el coche de vuelta a casa, no podía quitarme de la cabeza la
excitación, la pasión, el deseo, el frenesí que Connor me hizo sentir, el ardor
con que nuestros dos cuerpos en llamas ardían sobre la mesa. No llegamos a
terminar, es más, nunca había pensado en Connor en llegar a terminar, pero en
ese momento hubiera dejado que Connor hubiera hecho lo que hubiera querido con
mi cuerpo.
Al verano
siguiente fuimos como de costumbre a la playa pero Connor a partir de ahí nunca
fue el mismo conmigo, me evitaba, ni me miraba siquiera, era como si yo no estuviera,
me ignoraba, sentía su desprecio a larga distancia.
No pasaron muchos años que dejó de ir
por la playa, fue como si la tierra se lo hubiera tragado, y ningún verano más,
lo volví a ver y los sueños con Connor poco a poco fueron desapareciendo cada
año.
Pasados unos
años lo vi por la calle paseando con mi actual y primer novio, íbamos cogidos
de la mano y Connor iba tirando un carrito de bebe con una chica que seguro era
su mujer, al pasar nos miramos muy fijamente, pudiendo sentir pena en sus ojos,
infelicidad, su dolor interior, fue algo muy extraño.
Yo perdí mi
virginidad muchos años después y no tuvo nada que ver con la excitante,
frenética y placentera noche que pasé en el cobertizo con Connor.
Tuve que agradecer a mi hermano lo
que sin quererlo había hecho por mí, un favor infinito, Connor era un adonis, una
llama ardiente de deseo, de placer, una máquina de hacer sexo. Ahora tengo a mi
lado a un hombre que no se llama Connor, pero lo llamo amor mío. Y mi primera
vez, fue mejor aún que un sueño llamado Connor.
11/07/2012